Sea cual sea el proceso de desarrollo que se siga en su empresa, el ritmo importa de todos modos. Tanto si dirige un equipo como si está al frente de toda la casa, seguro que ha pensado en cómo ordenar bien el trabajo colectivo. Tomemos como ejemplo un equipo de desarrollo. He aquí algunas maneras de proceder que ayudarán a trazar un plan y a levantar una estructura. Al elevar la productividad de las personas, eleva el nivel de todo el negocio.
Pregúntese cuán grande es su equipo. Se da por sentado que un equipo mayor trabaja más rápido y rinde más, y que con ello crece la probabilidad de un mejor resultado. Ahora bien, si el equipo es pequeño, una buena organización puede compensar la falta de manos.
«Al añadir recursos humanos, retrasamos el final de un proyecto de software» (Brooks, 1975).
Mantenga la atención en una comunicación y una cooperación bien rodadas dentro del equipo. A las casas grandes les aconsejamos contratar exactamente el número de desarrolladores necesario y repartirlos luego en dos o más equipos pequeños y autónomos, cada uno conducido por un responsable de equipo o un jefe de proyecto.
Estilo de dirección. Una vez reunido el equipo, el paso siguiente es elegir un modo de dirigir. Defina los papeles y piense con cuidado la estructura a partir de aquello sobre lo que descansa su negocio, su producto o su proyecto, es decir, para qué tecnologías busca especialistas. Piense también qué metodología ágil conviene al trabajo común.
Sea un buen responsable. Quien dirige el desarrollo es a la vez alguien que sabe hablar: plantear exigencias y tareas nítidas y zanjar los desacuerdos cuando hace falta. El jefe de proyecto se ocupa además de que cada desarrollador entienda con claridad su papel y responda de su parte.
Mantenga al equipo atentamente a la vista, planifique con antelación cada etapa del desarrollo y no pierda nunca de vista la marcha acompasada del conjunto.